Francisco y Mery Bellorín: un canto cromático a dos voces

 

 

Por Susana Benko.

Por definición, mi obra plástica es ambivalente, heterogénea. No podría concebirla en un solo sentido porque yo, como persona, nunca tomo la misma dirección.

Estas palabras del maestro Francisco Bellorín aparecen en el texto del catálogo de la exposición titulada «Bellorín» que realizó en el Museo Municipal de Artes Gráficas de Maracaibo en 1979. Llama la atención el año. Era un joven artista de 38 años que ya tenía muy claro que su proceso creativo se sustentaba en la variación e integración de diversos medios expresivos. Y es que, además de pintor, fue pionero en el diseño y en las artes gráficas en Maracaibo, además de poseer una amplia labor docente en La Universidad del Zulia.

Aunque se le recuerda como uno de los más sobresalientes pintores de esa ciudad, no fue aquí donde nació. Fue en Caripito, estado Monagas, en 1941. Ingresó en la Escuela de Artes Plásticas “Cristóbal Rojas” de Caracas en 1957 para estudiar Arte Puro y Artes Gráficas, etapa formativa que prolongó luego, en 1960, en París. Fue el inicio de una interesante travesía académica que continuó en Roma, Madrid, Bruselas y, de regreso a Venezuela, decidió vivir en Maracaibo, ciudad donde conoce a Mery Ortega, también artista, contrayendo nupcias en 1967.

El matrimonio Bellorín mantuvo una conexión amorosa, de solidaridad y de acompañamiento que, además de lo familiar, trascendió en sus respectivas trayectorias artísticas. Mery Bellorín se formó en la Escuela Julio Árraga, donde estudió pintura, escultura y otros medios expresivos. Ambos decidieron, seguidamente, profundizar en el estudio de técnicas de sus respectivos oficios, partiendo de viaje en distintos periodos. En los setenta fueron a Ginebra, Varsovia, México. A París en dos ocasiones: en 1992 y luego de 1999 a 2003. En cada una de estas ciudades realizaron residencias, donde pudieron desarrollar sus intereses: artes gráficas y pintura, Francisco; cerámica, orfebrería y vitralismo, Mery.

Ambos tienen aspectos en común. Transitan indistintamente en la figuración como en la abstracción, con sus respectivas variables, sean temáticas como de estilo. El color para ambos es esencial. Pueden pasar de una gestualidad sensorial a una composición geométrica rigurosa. En el caso de la figuración de Francisco, lo vegetal -e incluso lo animal- está muy presente. Las formas naturales también aparecen en los vitrales de Mery, pero además, la figura humana, especialmente los rostros, se impone de manera inconfundible en cerámicas y esculturas.

Por otro lado, ambos dialogaron de manera magistral en varios vitrales integrados en la arquitectura. Los diseños de Francisco se concretan en la misma resonancia sensorial y cromática de Mery. Ella, con su maestría en la técnica y dominio del tratamiento del vidrio y del color, logró «cristalizar» ese impecable contrapunteo armónico que existía entre los dos. Muestra de ello son los vitrales realizados en 2004, presentes en el área administrativa del Teatro Baralt, joyas patrimoniales de este emblemático teatro, del estado Zulia y del país.