La furia de Joan Miró

 

Por Susana Benko.

Se ha comentado que el artista Joan Miró tenía “alma de niño”. En efecto, buena parte de su pintura transmite frescura, poesía y celebración. Sus colores vivaces e imágenes lúdicas, como la mujer-pájaro, la mujer-araña, las estrellas, entre otras, recuerdan la ingenuidad infantil.

Miró buscaba formas primigenias, aparentemente sencillas, resultado de su pasión por los objetos provenientes de diversas culturas originarias. Buscaba la pureza, lo esencial, formas impregnadas de cierta sacralidad. Basta pensar, por ejemplo, en los enormes tótems de la Isla de Pascua, que Miró tanto admiró. Buscó replicar estas fuerzas primordiales a la hora de crear.

También se ha asociado la espontaneidad de su pintura con el surrealismo. Conoció al grupo surrealista en 1924, en un momento decisivo en que abandona su obra realista por otra de carácter imaginario. Para los surrealistas, la liberación del inconsciente, la exaltación de las emociones, los sueños y las asociaciones ilógicas eran importantes. Miró, en cambio, mantuvo su independencia frente a ellos y buscó caminos más personales. No obstante, de ese contacto le quedó algo esencial: una pintura basada en la emotividad y en el impulso más que en la razón.

Ahora bien, no toda la obra de Miró es celebratoria. No faltaron ocasiones en las que era sumamente autocrítico. Según sus confesiones, tenía momentos depresivos, siendo a veces sarcástico y crudo. Decía:

"Soy por naturaleza trágico y taciturno. En mi juventud pasé períodos de profunda tristeza. Ahora soy bastante equilibrado, pero todo me disgusta: la vida me parece absurda. No es el razonamiento el que así me la muestra; la siento de este modo, soy pesimista. Pienso que todo va a cambiar siempre para mal.

Y agrega:

Si hay algo humorístico en mi pintura, no lo he buscado conscientemente. [...] procede [...] de la necesidad de escapar del lado trágico de mi temperamento." 1

Algunas imágenes son cercanas al horror y presentan una visión torturada y a veces prejuiciada de la vida. Algunas obras de las décadas de los 60 y 70, son de gran tragicidad: abundan, como él menciona, cabezas monstruosas, mujeres ridículas, aterradoras y repulsivas.

El sueño, al modo de los surrealistas, nunca le interesó. Para él, lo importante era la fuerza impulsora de la obra y la vitalidad en la manera como el artista asume el proceso creador. Siguiendo este criterio, ya en su edad avanzada, llevó al límite la manera de usar los materiales. Pintó usando su propio excremento para lograr algunas cualidades cromáticas, quemó segmentos de lienzos y soportes de sus pinturas: fue su manera de entender aquel «automatismo psíquico» de los surrealistas y fue también el resultado de una expresión absolutamente libre y, en cierto modo, caótica. Al final, confesó que entonces se volvió "más loco, agresivo o malvado". Encarnó una «violencia primitiva» que, según sus palabras, es la visión que correspondía a su época.