Rilke en Duino: el milagro de las elegías

 


 

 

Por Rafael Castillo Zapata.

¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes angélicos? Y suponiendo que un ángel me estrechara súbitamente contra su pecho: mi ser quedaría extinguido por su existencia más fuerte. Pero lo hermoso no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, y lo admiramos tan sólo en la medida en que, indiferente, rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible,

Este es el celebrado y memorable comienzo de la primera de las diez elegías que componen el conjunto que, a lo largo de diez años de concentrada dedicación, plagados de tormentosas epifanías y de intermitentes períodos de sequedad y aplazamientos, escribió Rilke en su peregrinaje a lo largo de diversas ciudades de Europa entre 1912 y 1922, con la terrible desgarradura de la Gran Guerra en su mero centro.

Surgida de un solo golpe de inspiración, desde las alturas de el castillo de Duino que se asoma desde su vertiginoso farallón a la inmensidad del Adrático, fechada el 21 de enero de 1912, la Primera Elegía es el pórtico portentoso de una inmensa catedral lírica, construida con las piedras labradas a pulso por el poeta, como un ferviente cantero medieval, desde sus primeras obras de juventud hasta las más maduras que la preceden; una inmensa catedral de diez naves infinitas, las primera de las cuales, puede decirse, contiene todos los principales temas y motivos que se verán desarrollados, esculpidos magníficamente y sólidamente cimentados, en las otras nueve. En esta inmensa catedral de versos abrumadores se congrega toda la experiencia vital y espiritual de Rilke, toda su maestría poética y su entrenada sensibilidad de hombre y de artista.

“¿Y soy yo quien puede dar la explicación justa de las Elegías?”, le pregunta a su amigo Witold Hulewicz, en una carta fechada el 13 de noviembre de 1925. “Alcanzan infinitamente más allá de mí”, le responde. Pero, al mismo tiempo, reconoce que son el producto de la “elaboración posterior de aquellas hipótesis esenciales que ya estaban dadas en El libro de horas, que en las dos partes de los Nuevos poemas utilizaron la imagen del mundo jugando y experimentando, y que después en el Malte, reunidos en conflicto, repercutieron en la vida y casi llevaron a la demostración de que esta vida, colgada de tal manera sobre el vacío, es imposible. En las Elegías, partiendo de los mismos presupuestos, la vida vuelve a ser posible”.

Suma y expansión gloriosa, sinfonía coral, cuya coda magnífica serán los Sonetos a Orfeo con los que se corona la alta aguja de su catedral poética, las Elegías son, ciertamente, un milagro de la poesía moderna en Occidente, el testamento contundente de un poeta que levantó su edificio a pulso con magnífica mano de arquitecto.

Imprimir texto