
En febrero de 1903, estando Rilke todavía en París, poco después de haber concluido su monografía sobre Rodin, recibió la carta de un desconocido, un tal Franz Xavier Kappus, un cadete de la Academia Militar de Viena que, a la sazón, había escrito algunos poemas. En esta carta, el incipiente poeta le pide su opinión y su consejo al gran poeta que leía y admiraba. Y Rilke, generoso, comienza una sustanciosa, aunque espaciada, correspondencia con él. Este intercambio epistolar se prolonga hasta diciembre de 1908. En total son diez cartas que su orgulloso destinatario publicará en 1929. Las cartas a un joven poeta se convertirán, a partir de entonces, en un título fundamental en la bibliografía del poeta de Praga,
En las palabras de presentación del volumen, Kappus escribió que esas diez cartas eran “importantes para conocer el mundo en que Rainer María Rilke vivió y creó; e importantes también para muchos seres humanos de hoy y de mañana, que crecen y devienen”.
En efecto, la lectura de estas cartas nos depara una visión íntima y en cierta medida familiar del pensamiento poético de Rilke, expuesto en consideraciones que, desplegadas de manera sencilla y afectuosa, abarcan aspectos fundamentales de su carácter y de su oficio. Son cartas en las que, paternalmente, Rilke asume, en cierta medida, la tarea del maestro que fue para él Rodin, y se ocupa y se preocupa por orientar, con mucho cuidado y sutileza, atento a no herir sus sentimientos ni frustrar su interés por la literatura, a un joven cuya vocación poética está por decidirse y afirmarse, y cuyo trabajo dista mucho de ser consistente y digno. Las cartas son, pues, pequeños tratados de poética.
Pero lo que menos encontramos en sus páginas son consejos o detalles técnicos. Rilke apunta hacia algo más profundo y más esencial: hacia el cultivo de la soledad que permite el desarrollo de la vida interior sin la cual ninguna empresa poética o artística adquiere verdadera sustancia ni es capaz de legitimar su propia necesidad ni su propio destino. Cultivo de la contemplación y de la paciencia: entrenamiento del espíritu para hacerlo atento y receptivo, poroso, dispuesto a dejarse perturbar por los misterios de la existencia sin juzgarlos ni discriminarlos. Volver la atención hacia la infancia, hacia la solitaria capacidad de entrega que el niño muestra frente a lo desconocido, a su paciencia y a su confianza, a su saber esperar de lo inédito todas las revelaciones y todas las promesas.
En estas cartas, la poética es fundamentalmente una ética, pero también, tal vez, una propedéutica y una pedagogía: el magisterio de un poeta que, reacio a las presuntuosas opiniones de la crítica, ha superado las preocupaciones exclusivamente formales del quehacer poético y alcanzado una sabiduría de conjunto, integral e integradora, de lo que la poesía implica como cuidado de sí y como cura, como elaboración interminable de las grandes preguntas existenciales sin pretender responderlas.
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