Rilke: La escultura del poema

En agosto de 1907, Rilke le escribe a Clara Westhoff, desde París, hablándole acerca del nuevo libro cuya primera parte está dispuesto a publicar en breve: “Ese libro, le dice, es trabajo, paso de la inspiración que viene totalmente sola a la que uno llama y retiene. ¿Cómo nombrarlo?”.
Este nuevo libro no alcanza a llevar otro nombre que el muy simple, pero muy preciso, de Nuevos poemas, y en él Rilke experimenta una nueva forma de construir con las palabras, organizando el poema, no a partir de la intempestiva e incontrolable aparición de una revelación repentina de la memoria o del inconsciente; no a partir, como le dice a Clara, de “la inspiración que viene totalmente sola”; sino a partir de la voluntaria convocación de fuerzas que el poeta decide y se impone, esculpiendo el poema como se esculpe una obra en piedra, producto, pues, de la “inspiración que uno llama y retiene”.
En otra carta, dirigida esta vez a Lou Andreas-Salomé, Rilke le habla de estos Nuevos poemas como de un conjunto de piezas construidas con la deliberada atención del artista visual que compone un paisaje sobre la tela con cuidadosa premeditación plástica, como vio que hacía Cézanne, o como vio que hacía Rodin, el maestro escultor, del que se alimentó con tanto provecho ético y estético para su obra y para su vida, y los llama Dinggedicht, es decir, poemas-cosa, poemas tan arquitectónicamente pensados que se dan a leer como objetos tangibles, como piezas escultóricas o pictóricas: “La cosa es determinada, la cosa de arte debe serlo mucho más, le dice a Lou; debe estar sustraída al menor azar, a la menor incertidumbre, surgida del tiempo y confiada al espacio, se ha hecho durable y apta para la eternidad”. Y añade: “El modelo no es más que apariencia, la cosa de arte existe. Así, ésta constituye un indiscutible progreso sobre aquél, porque es la silenciosa y creciente realización del deseo de ser que, en la naturaleza, sube desde todas las cosas”.
Con este grupo de poemas descriptivos, donde lo visual cobra preponderancia y privilegio, Rilke intenta probarse a sí mismo que puede actuar con el lenguaje como actúa Rodin con la piedra o como actúa Cézanne con los pigmentos: controlando el empleo del material con una lúcida conciencia del efecto que se quiere producir, cincelando el mensaje hasta alcanzar la precisión objetiva de una imagen lograda a pulso, calculada, tallada deliberadamente.
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