Rilke en París: las lección de Rodín

 


 

 

Por Rafael Castillo Zapata.

“Me parece que hasta ahora no he aprendido a mirar cuadros”, escribe el joven Rilke en un apunte de su diario, fechado en Worpswede el 27 de septiembre de 1900. Y reflexiona: “¿Es que, hasta ahora, no los he visto más que de forma novelística o, de hecho, fijándome en sus cualidades líricas […], y he tomado todo eso por valores pictóricos?”

En compañía de aquel entusiasta grupo de pintores que formaban la comuna de Worpswede, Rilke reconoce, según sus propias palabras, que sus “ojos inmaduros no saben acoger, retener, ni tampoco soltar” lo que ven, incapaces de apreciar la verdadera belleza que la pintura le ofrece, enturbiada la mirada por la ansiedad de descifrar un contenido anecdótico en lo que ve: un relato, cualidades líricas, y no, como dice, valores pictóricos precisos, inherentes. Es por eso que presiente la necesidad de aprender a ver. Es por eso que, al llegar a París, se impone precisamente esa tarea. “Aprendo a ver”, escribe Malte Laurids Brigge en los Cuadernos: “No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde hasta ahora todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora”. Como su personaje, Rilke descubre en la contemplación de la pintura la existencia de un mundo interior que desconocía. Y es la visión del trabajo de Cézanne lo que de manera más concluyente y decisiva provoca su manifestación.

Con Cézanne, ciertamente, Rilke aprende a ver. Apenas abre el Salón de Otoño en octubre de 1907, donde una gran retrospectiva del maestro de Aix, fallecido el año anterior, reúne en dos de las salas del Grand Palais una generosa muestra de su trabajo, el poeta se convierte en un visitante asiduo, permaneciendo frente a sus cuadros mucho tiempo, como lo testimonia su sustanciosa correspondencia con Clara Westhoff. En una carta, fechada el 21 de octubre de 1907, Rilke le escribe: “[…] de Cézanne aún quería decir que nunca se había visto antes hasta qué punto la pintura acontece en los colores, cómo hay que dejarlos solos para que se expliquen recíprocamente. Su trato mutuo: esto es toda la pintura”. Descubrir que la pintura acontece en los colores y que todo su sentido radica en el trato mutuo que ellos establecen en el lienzo, más allá de la anécdota o del motivo, es, sin duda, uno de los hitos fundamentales de la educación de la mirada que adquiere el poeta, Ya no estamos en presencia del joven inexperto de Worpswede: el Rilke parisino de 1907 se ha aclarado, por así decirlo, la vista y asume en la pintura su especificidad material y constructiva, como, después de todo, según él, en otra carta, hacía el propio Cézanne, concentrando su trabajo en el “contenido cromático” del cuadro, “con tan incorruptible esencialidad, que, más allá del color, iniciaba una existencia nueva, desprovista de recuerdos”.

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