Rilke: de Worpswede a París

En un apunte de su Diario de Worpswede, fechado el 27 de septiembre de 1900, Rilke expresa lo siguiente: “Dos cosas son ciertas: tengo que aprender mucho de estas personas, estar atento y vigilante y ser agradecido a todo lo que me rodea. Y otra más: en Navidad tengo que ir a toda costa a París, a ver cuadros, visitar a Rodin y recuperar incontables cosas que, en mi soledad, se me han vuelto extrañas”.
La necesidad de ir a París a toda costa se había ido alimentando en el joven poeta desde su primera visita a la comunidad de artistas que habían escogido el pueblito de Worpswede, muy cerca de Bremen, para instalarse en medio del bucólico paisaje, ajenos al mundanal ruido de las grandes ciudades, para crear sus obras en aislamiento y recogimiento, en un sentido casi monacal. Invitado por uno de los pintores del grupo, Heinrich Vogeler, Rilke viajó a Worpswede en 1898 y desde entonces, hasta 1902, estuvo en contacto con aquel mundo de iniciados que apostaban por una nueva concepción del paisaje y por una relación más espontánea y abierta con la naturaleza. Es en Worpswede, precisamente, donde Rilke conoce a la escultora Clara Westhoff, discípula de Rodin, con la que se casaría en 1901. Es ella la que le transmite el interés por el gran maestro y, por supuesto, por París. El anhelo parisino de Rilke se alimenta intensamente de estas primeras incitaciones amistosas y de su contacto con aquel mundo de atentos observadores de la realidad que le inculcaron la exigencia espiritual de educar la mirada. Y es con la intención de aprender a ver, como él mismo apunta varias veces, como viaja finalmente a París en agosto de 1902 y conoce a Rodin, iniciándose, entonces, una estrecha relación durante la cual Rilke escribe una monografía sobre el escultor y se hacen amigos.
A partir de su llegada, París se convertirá, por lo menos hasta 1910, en el epicentro de las actividades del poeta. En París, Rilke madurará su mirada, no sólo aprendiendo a ver cuadros, como él dice, asiduo visitante del Louvre y de las galerías de arte, sino vagabundeando, como buen flâneur, por las calles de una ciudad que lo conmueve y lo aterroriza al mismo tiempo, enorme y violenta, tumultuosa, excesiva.
Los primeros testimonios de esa experiencia, sin duda traumática, de la ciudad se encuentran recogidos en las cartas que envía a Lou Andreas Salomé y a Clara Westhoff apenas llegar, y adquieren su mayor contundencia y resonancia en las páginas del libro que Rilke va escribiendo durante esa larga e intermitente estadía parisina: Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, un relato denso y luminoso donde lo autobiográfico y lo imaginado, conviven en una intensa relación de enmascaramientos y de impostaciones, un documento valiosísimo para entender al poeta que deposita en él todas sus impresiones, sus recuerdos de infancia, sus angustias íntimas, su ansiedad por crecer y alcanzar la propiedad de sus propias fuerzas creadoras, a la sombra y a la luz que le ofrecen Rodin y Cézanne, como ejemplo de artistas consagrados al puro y duro trabajo en el arte de cada uno, como aspiraba a serlo Rilke mismo en la poesía.
París, en este sentido, es el escenario propicio y propiciatorio para el desarrollo de la educación sentimental y estética de Rilke. Allí madurará, como hombre y como artista, enfrentándose y asumiendo su soledad y su fragilidad anímica como propias, encontrándose consigo mismo como poeta, dueño de su oficio.
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