Los misterios de Mitra: los rituales melifluos. El Leontocéfalo

 

Los misterios de Mitra: los rituales

melifluos. El Leontocéfalo

 

 

Por Humberto Ortiz.

estatus espiritual de los iniciados. En ambos, la miel fue fundamental para acceder a los secretos cosmogónicos y asimilar sus atributos.

El León (Leo), el cuarto grado, estaba vinculado a Júpiter y al fuego; encarnaba una fuerza destructora y renovadora. Algunos sugieren que el uso del agua estaba prohibido para los Leones, por lo que se les vertía miel en las manos para sacarlas del mundo material y, quizás, en la lengua para limpiar sus palabras de mentiras y daños. Así conseguirían la pureza necesaria para pronunciar las fórmulas sagradas aprendidas de los sacerdotes.

Sus atributos eran la pala para avivar el fuego, el rayo de Júpiter y una crátera para las libaciones; algunos mitreos le atribuyen un sistro, por su metálica sonoridad. Los Leones controlaban el servicio del banquete y usaban una máscara leonina para amplificar sus rugidos. Vestían túnicas rojas.

El simbolismo animal ha quedado reflejado arqueológicamente en el Leontocéfalo: figura humana desnuda con cabeza de león, en la que una serpiente se enrosca para reposar sobre la frente; se trata, dicen los estudiosos, de una personificación mitraica del tiempo infinito, del orden cósmico y de las fronteras celestes que atrapan al alma, nociones ligadas a la fuerza devoradora del fuego. A veces es representado con alas. Porta, además, un cetro y las llaves que controlan el paso por las puertas celestiales.

Para ascender a Persa (Perses), el León (Leo) tenía que dominar los secretos cosmogónicos del culto. En un papiro datado del siglo IV se encontró en Egipto un sistema de preguntas y respuestas mediante el cual los sacerdotes evaluaban la comprensión del adepto sobre las esferas planetarias y el viaje del alma a través del cosmos.

Se cuenta que este ascenso implicaba trasladarse a la regencia de la Luna, en relación con el agua y la tierra. El Persa (Perses) era el “guardián de los frutos”. Parece que también se lavaba las manos con miel, pero no para purificarlas, sino por sus propiedades conservantes: para los antiguos la miel preservaba sin corromper. Simbolizaban así la permanencia y la inmortalidad, custodiando al alma contra la decadencia material.

Este quinto grado se identificaba en algunos mitreos con una hoz en alusión a su función de recolector de frutos, una daga persa de pomo curvado (akinakes), una luna menguante y un gorro frigio. Algunas veces ha sido representado con una túnica gris.

El iniciado progresaba en estos grados desde la purificación de sus actos y palabras hasta la preservación cósmica bajo la Luna, donde la sagrada sustancia meliflua custodiaba el alma y el secreto aprendido.