Los misterios de Mitra: la iniciación

 


 

 

Por Humberto Ortiz.

El núcleo del culto a Mitra era la inmolación del toro primigenio –con un ritual misterioso que parecía recrear cada comunidad-, pero lo que aseguraba la fraternidad entre los seguidores era el banquete final, en remembranza de la sagrada comida con la que Mitra y el Sol, tras darse las manos, sellaron su alianza.

Nada se sabe sobre las circunstancias de estos banquetes, ni con qué frecuencia se hacían, pero al cotejar los escritos cristianos críticos a esta religión con las imágenes de los mitreos, se reafirma que no todos los iniciados –por pocos que fueran- participaban del mismo modo.

Las fuentes coinciden en que los miembros estaban jerarquizados en siete grados correspondientes a los siete círculos planetarios conocidos, pero bajo un ordenamiento distinto, más acorde con las metas de esta doctrina. Lo importante era la disciplina, no el destino, que cada divinidad exigía para transformarla en una vía hacia la espiritualidad. Esta jerarquía dividía el banquete: los tres primeros grados servían a los rangos superiores.

El Cuervo (Corax) era el primer grado. Hacía de ordenanza y mensajero de la ceremonia. Asociado al aire y a Mercurio, abría y cerraba el mitreo, repartía el agua para las abluciones, servía el vino y atendía a los comensales, a menudo con máscara de cuervo. Su presencia marcaba la transición del ruido cotidiano al silencio sagrado y dirigía la atención hacia el altar imitando el graznido del pájaro. Aprendía obediencia y disciplina interior para sostener el orden ritual. Reemplazaba al cuervo mítico enviado por el Sol, y su “mensaje” ponía en marcha la sincronía del culto.

El Ninfo (Nymphus), el segundo grado, encarnaba al novio vinculado a Venus y al elemento agua. Aparecía cubierto con el velo amarillo propio de las novias romanas y portando una lámpara encendida; era una figura de luz en la oscuridad de la cueva. El iniciado se sometía a una humillación ritual que lo convertía en la esposa del dios. Ese enlace sagrado sellaba su fidelidad y pertenencia a Mitra.

El Soldado (Miles), el tercero, estaba asociado a la tierra y su tarea era superar pruebas físicas. Se presentaba desnudo, vendado y atado: una vulnerabilidad que rompía su estatus civil. Si el sacerdote cortaba las cuerdas, quedaba liberado de un destino apegado a lo material. En la punta de una espada se le ofrecía una corona que tenía que rechazar diciendo “Mitra es mi corona”. Recibía, entonces, una marca en la frente que lo convertía en soldado espiritual, custodiado por Marte y portador de una jabalina, un casco y un saco anudado.

Al final de cada ceremonia, el novato o el ascendido iba al altar para que el sacerdote tomara su mano derecha y consagrara así su nuevo estatus ante la comunidad.