Los misterios de Mitra: el culto

 


 

 

Por Humberto Ortiz.

En el mundo romano la identidad persa de Mitra fue una certeza cuyo sentido variaba según los niveles culturales. La palabra era usada como sinónimo de exótico, antiguo y lejano. Al ser un dios oriental, se asumía que sus rituales contenían poderes secretos que los dioses del estado habían dejado de ofrecer.

A pesar de esas supuestas raíces, el mitraismo adaptó tendencias religiosas que se habían gestado en la cultura greco-romana. La noción de un alma eterna diferente al cuerpo, herencia del antiquísimo culto a Orfeo, había sido ya muy debatida por las escuelas filosóficas. Además, la síntesis cultural entre Egipto y Grecia, el hermetismo, había postulado el valor de la purificación anímica para alcanzar la verdad, lo que implicaba una serie de reencarnaciones que permitían al alma inteligente ascender por los círculos planetarios hasta la luz verdadera.

El culto a Mitra parece haber reconocido esa visión del alma, pero elaborada de manera distinta. La astronomía fue usada como metáfora de los procesos personales: si la tradición helénica había hablado de sucesivas transmigraciones en un largo proceso de purificación, el mitraísmo ofrecía una jerarquía ritual que permitía a cada fiel una ascensión en vida por los siete grados de las esferas planetarias. Para lograrlo, el iniciado debía cumplir cabal y lealmente los retos que su comunidad le exigiera.

La fidelidad grupal y la obediencia se cimentaban en los tratos personales de cada grupo. Los seguidores de Mitra respetaban los ciclos cósmicos sin creer en la reencarnación. El mitraísmo transformó la mística abstracta de la tradición helénica en una ética de la responsabilidad inmediata. El alma, que nunca era libre naturalmente, podía hacerse libre gracias al esfuerzo personal dentro de una recia disciplina, levantada por el pacto acordado entre Mitra y el Sol.

Según cuentan, el culto se articulaba por un sistema de siete grados que, en orden ascendente, eran: Corax (cuervo), Nymphus (novicio), Miles (soldado), Leo (león), Perses (persa), Heliodromus (corredor del sol) y Pater (padre). Cada uno de ellos simbolizaba un paso hacia la iluminación y exigía la realización de rituales específicos que exigían, siempre, una férrea resistencia física y anímica.

Dicen que el aspirante se sometía a pruebas de resistencia al frío, al calor, al hambre, a la soledad e incluso a simulacros de muerte. Cada grado implicaba un nuevo comienzo, con nuevas exigencias y deberes; si las superaba, renacía como un iniciado en la verdad. La vida era vista como una milicia espiritual. Lo importante era reafirmar la voluntad y reconocer la propia debilidad ante la gracia del dios. El ofrecimiento de Mitra era que el hombre podía escapar del sentido inexorable del cosmos, ser libre y tocar la eternidad.