Los misterios de Mitra

 


 

 

Por Humberto Ortiz.

El culto a Mitra fue una religión sin textos sagrados y sin himnos conocidos; su comprensión hoy se sustenta en la iconografía encontrada en los templos subterráneos (los mitreos) y en los epígrafes que los devotos le ofrecieron a lo largo de los varios siglos que sus misterios estuvieron vivos. Eran liturgias celebradas en cuevas o espacios privados. El sentido de las imágenes encontradas se ha hecho difícil de descifrar, pues, incluso cuando esta adoración alcanzó su mayor difusión en el Imperio romano entre los siglos II y III, el secretismo propio de los iniciados, solo hombres, se mantenía con firmeza.

Podríamos contar que Mitra surgió, ya joven, de una roca. Siempre ha sido representado con un gorro frigio, portando una antorcha y una daga. La tierra sería, en su nacimiento, aún estéril. Había también una criatura que contenía toda la semilla de la vida, el Toro Primigenio, que paseaba libre y salvaje por las montañas.

Al enfrentarlo, Mitra logró montarse en él, pero, en un arranque de furia, el animal se escapó y el dios quedó solo ante la inmensidad. El Sol, que observaba desde lo alto, envió a su mensajero, el cuervo, con el mensaje de que la bestia debía ser capturada y sacrificada para que el mundo pudiera florecer.

Mitra emprendió la cacería en compañía de un perro. Tras alcanzarlo lo agarró por las patas traseras y, con un esfuerzo inmenso, arrastró al rebelde animal hasta una profunda cueva. Al entrar en la gruta, los portadores de antorchas (los dadóforos) tomaron posiciones: uno (Cautes) apuntando al cielo, hacia la luz solar y la vida; el otro (Cautópates) iluminando el suelo, hacia la oscuridad y la muerte.

Mitra hundió su daga en el costado del animal y lo hizo con la mirada vuelta hacia arriba. La sangre que brotó de la herida se transformó en vino y la cola se convirtió en espigas de trigo.

El perro saltaba para beber el fluido, pero un escorpión atacó en ese momento los genitales del Toro para envenenarlo y una serpiente intentaba desplazar al perro para beberse la sangre vinícola de la herida abierta por la daga del dios.

Mitra y el Sol se dieron la mano en señal de haber alcanzado un acuerdo y celebraron con un banquete donde se comieron las criadillas del toro. Finalmente, ambos se montaron en el carro de fuego y Mitra ascendió al cielo junto al gran Helio. Dejó a sus devotos el secreto de la victoria sobre la muerte, que es lo que el rito garantizaba.

La leyenda de Mitra ha estado siempre recubierta de relaciones zodiacales. Cada uno de los animales que participan en la historia tenía en la tradición romana una referencia en las constelaciones que regían los destinos. En este sentido, Mitra era un dios mediador entre los tiempos cósmicos y la vida humana.

Al sacrificar al toro, custodiado por los guardianes del ascenso y el descenso de la luz, Mitra demuestra su poder para mover el universo, actúa como el árbitro que equilibra la luz y la oscuridad y sus misterios ofrecen a sus seguidores un escape frente a la fatalidad del destino.