Isis, Tique, Fortuna: el azar del destino
Por Humberto Ortiz.
Existen varias inscripciones en distintas regiones del Mediterráneo donde aparecen mencionadas Isis, Tique y Fortuna juntas o en combinaciones de dos de ellas e incluso unidas a otras divinidades, no sólo femeninas. El sincretismo, -como los historiadores han intentado acercarse a la religiosidad de finales de la Antigüedad- parece haber sido, sin duda, una práctica real y muy frecuente, una costumbre cotidiana, flexible y, sobre todo, espontánea.
Tique, en Grecia desde el siglo V a.C., personificaba el azar; era la encarnación de lo inesperado, de lo que escapaba al control humano. Tras la muerte de Alejandro Magno, su culto se multiplicó en las ciudades helenísticas; cada polis contaba con su propia Tique protectora.
Fortuna, de una larga y variada tradición en la península itálica, en Roma desde el siglo III a.C., fue venerada como diosa cercana al destino. Durante la República, su poder se diversificó en múltiples advocaciones, cada una asociada a una función específica. La diosa de la suerte se volvió omnipresente en la vida romana. Conservaba el matiz azaroso de Tique, aunque por la especificidad de sus epítetos permitía que las personas y el propio Estado se relacionaran con ella de manera práctica, con fines concretos.
Cuando los romanos entraron en contacto con el mundo helenístico, la convergencia fue casi inmediata. La práctica religiosa las fundió en una misma noción. Monedas, esculturas, figurillas protectoras de los hogares (los lares) y dedicatorias muestran cómo ambas se solapaban, indistintas en su papel de encarnar la suerte caprichosa y el azar indomable, tan apegado al destino. Los helenos encontraron en la Fortuna romana una versión más llevadera de ese principio indómito. Lo que en la cultura griega parecía fortuito, con Fortuna, que seguía sosteniendo lo imprevisible, se integró al sistema político y a la religión que lo sustentaba.
Pronto, desde Alejandría la gran diosa egipcia, “la de los mil nombres”, con su rica mitología, se expandió como protectora de navegantes por el Mediterráneo y absorbió atributos de otras divinidades. Tanto en Grecia como en Roma se la vinculó con las principales diosas olímpicas. Pero su popularidad creció al acercarse a Tique y a Fortuna: Isis se hizo la gran madre que ofrecía seguridad, abundancia y control sobre lo azaroso, siempre por ocurrir.
Isis tenía una identidad mitológica y mágica, mientras Tique y Fortuna eran más bien nociones divinizadas, fuerzas daimónicas que operan como principios. El sincretismo entre las tres nunca fue un culto oficial. Era más bien una devoción popular de comerciantes, marineros, artesanos y mujeres ante la incertidumbre vital. Se grababan inscripciones, se ofrecían plegarias y se mezclaban los nombres con otras fuerzas protectoras. Muchos poderosos también conjuraban a estas diosas o a alguna de ellas.
Fue, en realidad, un culto popular que incidía en todos los estratos sociales.
