Tiqué: El azar como fuerza divina.
Por Humberto Ortiz.
En la cultura griega antigua, el azar era concebido como una fuerza que podía intervenir caprichosamente en la vida humana. Los griegos, reconociendo la fragilidad de la existencia, buscaron en esta noción una explicación para lo inesperado, aquello que escapaba a toda previsión. El azar se hizo un elemento religioso, literario y filosófico. La palabra tykhê significaba directamente “suceso fortuito”. El nombre Tiqué (del griego Tykhê) osciló entre lo azaroso natural y una divinidad poderosa. Hesíodo la nombra como una de las hijas de Océano, el que rodea la tierra y de Tetis, la madre de los ríos.
Se ha dicho que Tiqué (a veces se encuentra como Tyche) se vinculaba con Metis (la inteligencia práctica, la astucia) y con Kairós (el momento oportuno). El pensamiento arcaico discernía con estas nociones cómo los humanos se enfrentaban a lo imprevisible: el azar traía lo inesperado, la astucia permitía adaptarse o encontrar soluciones y el momento oportuno señalaba el instante en el que la acción resultaba más eficaz. De este modo, la suerte no era un poder aislado, era algo que tenía que combinarse con la sagacidad y la atención al tiempo justo.
En la época clásica, la noción se relacionó también con las Moiras, las tejedoras del destino, y con Némesis, la divinidad daimónica del equilibrio cósmico. El azar podía alterar los destinos humanos, pero siempre bajo la atención de la justicia divina. A pesar de esta reconocida inherencia, la tradición no elaboró leyendas alrededor de Tiqué. Las disertaciones que empezaron a surgir en esos tiempos la concibieron como parte de un equilibrio mayor, consolidándola dentro de la religiosidad cívica.
Lo inesperado de Tiqué se enlazaba entonces con el destino y la justicia: la vida humana se movía entre lo incierto, lo necesario y lo justo. Según algunos historiadores helénicos, comenzó a difundirse que esta divinidad era, en realidad, hija de Zeus y Temis, la guardiana del orden olímpico. Así se convertía en una fuerza que, a pesar de lo azarosa, podría contribuir al equilibrio social o grupal.
En la época helenística, con la fragmentación del mundo griego, la incertidumbre política de las ciudades se intensificó, las personas buscaron asideros más firmes. En ese contexto, Tiqué adquirió un rostro divino más definido. Se la representaba con distintos atributos; los más comunes eran: la corona mural, símbolo de la ciudad; el timón, sugiere el control del destino; y la cornucopia, emblema de la abundancia. Atributos que compartirá con la diosa Fortuna romana hasta entrada la Edad Media. En la Grecia helénica cada polis tenía su propia representación de esta divinidad. Su culto se hizo una forma para legitimar la identidad cívica.
