Nelson Garrido, un profeta del desastre

En 1991, Nelson Garrido recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas, suceso que ocasionó no poca polémica en nuestro medio cultural, al ser reconocido su trabajo como artista plástico y no como fotógrafo. A punto estuvo de rechazar el galardón, pero prefirió potenciar la oportunidad, y para expiar la culpa que pudo sentir con la distinción, optó por autocrucificarse junto a su premio para reafirmarse en su discurso.
En la Autocrucifixión de Nelson Garrido (1993), vemos a un trifálico Nelson en una cruz, en la que en lugar del conocido INRI leemos la frase “Premio Nacional de Artes Plásticas 1991”, acompañado por el diploma que le confirieron —quemado y manchado, mancillado— y otros elementos que conforman un entramado discurso pleno de significado.
En eso andaba Garrido cuando engendra su célebre imagen Caracas sangrante, una síntesis de la balumba de violencia en la que el venezolano se acostumbró a bucear. En ella interviene digitalmente la ciudad con chorros rojos para inocular en el espectador una dosis de realidad, señalar que la violencia no es algo normal y hacer tomar conciencia del caudal de sangre al que, de un modo u otro, todos aportamos. En un contexto en el que las cifras de asesinatos se disparaban cada semana, la mejor forma de sacudir era con imágenes que golpearan. La fractura —o el fracaso— social fomenta en el artista ver en el envés de las cosas para agitar con un efecto espejo. Atrás quedó la bucólica Caracas de los pintores viajeros; la suya es una postal cónsona con el convulso espíritu de los tiempos. Lo que vino después en el trabajo de este creador es una aguda y sostenida investigación en las fuentes de la violencia, “sin metáforas rimbombantes” (Cruz- Diez dixit) y con bastante literalidad, para estremecer, todavía más, desde el reflejo de anormales situaciones cotidianas. Los títulos de algunas series son más que elocuentes: La nave de los locos, Estética de la violencia o Pensamiento único, estrechamente vinculadas con la debacle política del nuevo milenio. En estas propuestas, Nelson Garrido desmenuza los mecanismos del poder, la polarización y la manipulación ideológica. La violencia deja de ser solo un estallido urbano para convertirse en un sistema de dominación, un lenguaje cotidiano que adormece la capacidad crítica de la sociedad.
El carácter premonitorio de su mirada se hizo patente. “Fui un profeta del desastre”, dice Garrido, y remata con amarga lucidez: “Pero mi obra se quedó corta”. Y en este arco que va de la Caracas de los techos rojos a la Caracas bañada en rojo, nos queda esta magistral alegoría de nuestros días para acometer la tarea de pensar el país. Un destello de realidad eternizada en la fotografía es suficiente, porque —sabemos— mucha no soportamos.
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