El falso apocalipsis: un juicio de Marta Traba

 


 

 

Por Álvaro Mata

La década de los 60 en Latinoamérica no fue solo un periodo de rupturas políticas; fue, también, un campo de batalla estético. En 1965, la crítica Marta Traba encendió una de las controversias más profundas de nuestra historia cultural al publicar “El arte latinoamericano: un falso apocalipsis”. Su tesis acusaba a nuestros artistas de ser “discípulos” perpetuos, miméticos y formalistas, atrapados en una despersonalización que los llevaba a imitar modas de Europa y Estados Unidos sin comprender las tragedias o los procesos que originaron tales formas. Para Traba, el problema era de fondo: el subdesarrollo político y económico impedía una identidad estética propia. El artista latinoamericano, según ella, era un “apátrida de la pintura” que, por miedo al aislamiento, renunciaba a su peculiaridad.

Sin embargo, la respuesta del entorno intelectual fue inmediata y feroz. Alejandro Otero, Ludovico Silva, Guillermo Meneses y J.R. Guillent Pérez articularon una defensa necesaria. Otero, con su habitual claridad, calificó el enfoque de Traba como una “tesis de error”, señalando que lo vital no son los particularismos étnicos o geográficos, sino la participación del artista en la contienda universal del hombre. Por su parte, Ludovico Silva, recurriendo a una lección borgiana, recordó que lo verdaderamente nativo puede —y a veces debe— prescindir del color local. ¿Acaso necesitaba Mahoma llenar el Corán de camellos para probar que era árabe? La autenticidad, sugería Silva, es una naturaleza que no necesita etiquetas.

El debate alcanzó niveles de intensidad casi viscerales. Mientras Traba exigía una identidad intransferible como condición sine qua non de la creación, sus interlocutores denunciaban un afán inquisitorial. Guillermo Meneses, con una visión que hoy se revela preclara, defendió nuestro mestizaje: “Los americanos tenemos la estupenda fuerza de no poder ser puros en nada”. ¿Fue aquella polémica una cacería de brujas o un ejercicio necesario de autoconciencia? Más allá de la dureza de las palabras de Traba —quien, paradójicamente, podía vilipendiar una obra en conferencia mientras solicitaba la misma pieza para su museo—, la disputa puso sobre la mesa una pregunta que sigue vigente: ¿Cómo nos situamos ante la cultura universal sin convertirnos en simples repetidores de un lenguaje ajeno?

Hoy, al revisar esta polémica, nos queda la certeza de que el arte latinoamericano no es un apocalipsis, sino una suma de voces que, entre la imitación y la rebeldía, ha logrado hacerse oír en el escenario del mundo con la contundencia de quien sabe que su origen no es una cárcel, sino un punto de partida.

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