Los paisajes de Alejandro Otero: El germen de una vanguardia

Como acertadamente anotó Albert Camus: «Cada artista conserva, en el fondo de sí mismo, una fuente única que alimenta durante toda su vida lo que es él y lo que él dice». En el caso de Alejandro Otero, esa fuente primigenia, a menudo soslayada por el brillo de su posterior abstracción, se encuentra en la solidez de sus paisajes tempranos.
Entre 1940 y 1945, durante su etapa en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas de Caracas, Otero desarrolló una serie cerrada de paisajes que hoy cobran nueva vida gracias a la rigurosa investigación de Juan Ignacio Parra Schlageter. En su libro Los paisajes de Alejandro Otero 1940-1945, publicado por Ediciones Casa 62 en el año 2020, Parra subsana un vacío histórico, rescatando un catálogo inédito de una treintena de piezas que revelan el talante de un artista que ya despuntaba con voz propia.
Estos óleos sobre tela y cartón capturan rincones de una Caracas que aún se reconocía en sus puentes y parques: la Quebrada de El Cuño, el Puente de El Guanábano o la Puerta de Caracas. Sin embargo, no estamos ante un paisajismo meramente descriptivo. Bajo la influencia de Cézanne, Otero comenzó a fracturar la tradición arraigada del Círculo de Bellas Artes. Como señala Juan Ignacio Parra, el joven Otero llevó la paisajística nacional a fronteras que solo Armando Reverón había esbozado.
Resulta asombroso observar cómo en estas obras —especialmente hacia 1945— el paisaje comienza a ser devorado por la síntesis. Las líneas diagonales asoman tímidamente, anunciando el rigor geométrico de sus icónicas Cafeteras y, eventualmente, la gloria abstracta de sus Coloritmos. Para Otero, estos trabajos no fueron simples ejercicios escolares; por el contrario, les otorgó un valor sentimental y artístico supremo. Así lo dejó escrito en una conmovedora carta a sus hijos en 1990, refiriéndose a su Paisaje de Los Flores (1941): «Me doy cuenta de que es mucho más que la primera señal de mi vocación... Es pura y llanamente una obra excepcional de un gran pintor».
El libro de Parra Schlageter no solo nos ofrece un catálogo acucioso y necesario, sino que nos invita a entender que la vanguardia de Otero no nació del vacío, sino de una observación profunda de la luz y la forma sobre nuestra propia tierra. Al cerrar esta etapa en 1945, con paisajes reducidos a planos de color yuxtapuestos, el tema quedó agotado, pero el camino hacia la modernidad universal quedó definitivamente abierto.
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