Mauro Mejíaz: El alquimista de la flor cósmica

 


 

 

Por Álvaro Mata

En la década de 1950, la pintura venezolana transitaba entre el rudo realismo social y la naciente abstracción. Sin embargo, en el estado Portuguesa, se gestaba una sensibilidad distinta, la de un hombre que parecía traer consigo secretos de otros tiempos: Mauro Mejíaz. Nacido en Biscucuy en 1930, su vida fue, desde el inicio, una materia prima tan densa y dramática como sus óleos. Tras una infancia de peregrinaje por los montes luego de abandonar el hogar materno, Mejíaz vivió un episodio que marcaría su psique para siempre: a los veinticuatro años, impulsado por un mandato ancestral de su abuela, buscó a su padre con la intención de asesinarlo. Pero, al encontrarse frente a frente, la mirada fija del progenitor desarmó al verdugo. El misterio arquetipal hizo lo suyo y la tragedia se disolvió en el aire, permitiendo que esa energía violenta se transmutara, años después, en creación pura.

Estimulado por Braulio Salazar en la Escuela de Artes Plásticas de Valencia, Mejíaz comenzó pintando motivos relacionados con el realismo social, pero bajo sus cielos de posguerra ya latían formas inquietantes. A los treinta años se consagró como maestro rosacruz, vinculándose definitivamente con el esoterismo y la alquimia. Fue este giro hacia lo invisible lo que transformó su pintura en una “botánica sideral alucinada”.

En 1964 se traslada a París, donde para sobrevivir llegó a trabajar como doble en películas de spaghetti western, sin abandonar nunca su apariencia de llanero: botas, espuelas y barba espesa. Allí, ante el alto costo de los materiales, aguzó el ingenio y comenzó a utilizar la técnica del frotage con telas, logrando transparencias que daban a su obra una calidad de ensueño acuoso. Sus lienzos se poblaron de anémonas, protozoos y organismos fluidos que, en palabras del crítico Carlos Silva, “recuerdan los primeros días de la aparición biótica en el universo”.

A pesar de lo abigarrado de sus composiciones, la pintura de Mejíaz no hace ruido; es un arte que se acerca al silencio absoluto del cosmos. Vidente y psíquico, se dice que una noche comenzó a pintar veintisiete lienzos de forma simultánea, poseído por una fiebre creadora que buscaba descifrar las vísceras del universo.

Mauro Mejíaz murió en Francia en el año 2000, tras un lustro de silencio pictórico. Nos dejó una obra que funciona como una ventana hacia el interior del espíritu, recordándonos aquellas palabras que alguna vez pronunció con la certeza del visionario: “Mis cuadros son cartas que algún día serán traducidos”. Hoy, frente a sus paisajes abisales, comprendemos que esa traducción no se hace con la razón, sino con el asombro.

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