Rilke en París: las tentaciones de un joven poeta

 


 

 

Por Rafael Castillo Zapata.

“Estoy en París; los que se enteran se alegran, muchos me envidian. Tienen razón. Es una gran ciudad; grande y llena de extrañas tentaciones. Creo que no es posible expresarlo de otro modo. He sucumbido a esas tentaciones y han resultado ciertas transformaciones, si no de mi carácter, por lo menos de mi concepción general de la vida, y en todo caso de mi vida misma”. Así reza el comienzo del borrador de una carta que Malte Laurids Brigge, el personaje rilkeano, apunta en uno de sus famosos Cuadernos. Es una carta, por supuesto, que el propio Rilke hubiera podido escribir, por ejemplo, a Clara Westhoff, y, de hecho, coincide en muchos aspectos con una carta que, efectivamente le escribe, fechada el 19 de octubre de 1907. Ambas cartas aluden a la experiencia del poeta en aquella ciudad en la que, como el personaje apunta, su vida va a sufrir un importante y decisivo giro. Ambas cartas evocan, no por nada, a Baudelaire, el poeta que con mayor garra y lucidez ha abordado la complejidad fascinante y abrumadora de París.

Tal como el autor de Las flores del mal la ha retratado en sus tableax parisiens y en los petit poémes en prose, París será para Rilke, como para su personaje, el escenario de un desafiante enfrentamiento sentimental y anímico con un mundo que se presenta tan atractivo como repugnante, lleno de sobrecogedores contrastes y contradicciones. Desde que arriba a la ciudad a finales de agosto de 1902, Rilke dará cuenta de las dificultades de adaptación y de aclimatación que le obligan a reflexionar sobre sus propias condiciones de integración a un modo de vida que le resulta, en principio, incomprensible, inabordable. El 31 de agosto de 1902 le escribe a Clara: “París, que es en verdad una gran ciudad extranjera, es muy, muy extraña para mí. […] Uno adivina de pronto que en esta ciudad enorme hay regimientos de enfermos, ejércitos de moribundos, pueblos de muertos. No lo había experimentado aun en ninguna ciudad, y es extraño que lo sienta justamente en París donde […] la necesidad de vivir es más grande que en ninguna otra parte”. Y añade, poco después: “La necesidad de vivir, ¿es la vida? No, la vida tiene algo de calmo, de vasto, de simple. La necesidad de vida es prisa y caza. Es la necesidad de tener la vida enseguida, entera, en una hora. París está llena de esto y por eso está tan cerca de la muerte. Una ciudad extraña, extraña…”.

Extranjero en una ciudad que le extraña y que lo extraña, Rilke vivirá en París un auténtico rito de paso que durará casi una década, tiempo durante el cual su manera de vivir y su manera de entender la vida y de relacionarse con sus semejantes, así como sus puntos de vista sobre la sociedad y sobre el arte, van a cambiar de manera radical, a la luz de su relación con la figura poderosa de Auguste Rodin, por ejemplo, sobre el cual escribirá una monografía, y en cuyo entorno crecerá espiritualmente y encontrará el camino de afianzar su vocación poética, madurando su voz, confrontándose además con la obra de artistas tan relevantes para su formación como el propio Baudelaire, por supuesto, y como Cézanne, cuyo trabajo pictórico intentará comprender e incorporar como modelo de trabajo y de aplicación al oficio.

No en balde, en París, como él dice en sus cartas y repite el personaje de los Cuadernos de Malte, Rilke aprende a ver, Es decir, abre los ojos al mundo, despierta, pierde la inocencia, conoce las diferentes vertientes del mal moderno, y lo que es quizás más importante descubre, como apunta Malte en su cuaderno, que tiene un interior: “Aprendo a ver. No sé por qué. todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora”.

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