Francisco Bugallo y La Balsa de la Medusa

 

 

Por Susana Benko.

Entre 1818 y 1819, el artista francés Théodore Géricault realizó una inmensa pintura conocida como La Balsa de la Medusa. Mide casi 5 metros de alto por 7 de ancho.

Este cuadro representa la tragedia de la Medusa, un barco que naufragó un par de años atrás cuya noticia en su momento conmocionó a toda Francia. Géricault decidió pintar este tema y enviar el cuadro al Salón de 1819, lo que causó un tremendo escándalo. Los espectadores se encontraban muy sensibilizados aún con el hecho, y Géricault expresó de manera muy real el terror y la exasperación de los quince sobrevivientes de la Medusa. Ellos se encontraban sobre una improvisada balsa hecha con los restos de la embarcación. Con ello él puso en evidencia la irresponsabilidad del gobierno francés en delegar la capitanía del navío a una persona incompetente.

Siglo y medio después, en 1999, el artista venezolano Francisco Bugallo realizó una gran exposición titulada Imagen y semejanza, subtitulada años después en su página web: “La Balsa de la Medusa como pretexto”. La muestra se hizo en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Ya entonces Bugallo tenía un estilo muy personal con sus reinterpretaciones de conocidas pinturas del arte universal. Para esta exposición de 1999 tomó dos obras referenciales: La Balsa de la Medusa de Géricault y el Cristo en el sepulcro de Hans Holbein, pintado en 1521-1522.

Al entrar en la primera sala se encontraba la versión del naufragio de Bugallo reinterpretando la de Géricault: con su misma escala, igual composición y posición de los personajes. Pese a que sus cuerpos se mostraban oscurecidos, casi monocromos, igual podían ser identificados gracias al buen manejo del artista de las luces y las sombras. Bugallo los superpuso a un fondo blanco, pues eliminó el mar y la esperanzadora silueta de un barco que aparecía en el horizonte. Al despojar la escena de su contexto, este artista quiso centrar el interés en el drama humano.

El público, entonces, podía “re-imaginar” el naufragio porque frente a la pintura se encontraban en el piso varias tablas de madera apiladas -y otras dispuestas de manera aparentemente caótica- con dibujos y pinturas que representaban fragmentos de los personajes que aparecen en el cuadro. Estas tablas, claro está, remitían al barco destrozado y podían ser “recompuestas” –a modo de rompecabezas– para conformar otra versión de La Balsa de la Medusa.

En sala aparte y separada de la instalación que acabamos de comentar, se encontraba la interpretación de Bugallo del cuerpo de Cristo basado en la pintura de Holbein. Éste se veía suspendido sobre un fondo dorado y brillante en medio de la oscuridad. Eso sí: sin la imagen del sepulcro.

En resumen, podemos decir que esta exposición fue uno de los proyectos más importantes de Francisco Bugallo, pues logró con dominio absoluto de los recursos pictóricos, sentido del espacio y conocimiento de la historia, redimensionar sentimientos extremos: el miedo y el instinto de supervivencia.