Una hipótesis candente. Los papeles que el amigo no quemó (II)



 

 

Por Rafael Castillo Zapata.

Es cierto, sin duda, que Kafka, kafkiano al fin, sabía que al pedirle a Max Brod que quemara todo lo escrito que dejaba tras él, a punto ya de fallecer, éste, amigo fiel como no pudo haber, no tendría otra salida, al morir él, que desobedecer. Y, como ya sabemos, publicó, y no dejó papel que no revisó, clasificó, ordenó y sacó a la luz, como editor superviviente, legatario inocente de un legado ardiente que, más bien, le quemaba las manos y antes se prendía en fuego él que toda aquella herencia flamante, destinada a no desaparecer, como bien sabía Kafka, y así lo sugerimos ayer, al mandarle hacer al pobre Brod lo que bien sabía que Brod no haría, para que hiciera lo que en verdad quería: que se publicara, al contrario, todo lo que mandó a prender en fuego. Kafkiano Kafka. Más no se puede ser. Y gracias a esta estratagema, y a la traición de Max Brod, hoy leemos a Kafka in totto y nada (hasta donde sabemos) se ha quedado sin lector de todo lo que dejó escrito en manos de aquel traidor benefactor: ni las novelas inmensas que son El proceso y El castillo ni lo que iba a ser El desaparecido, con su vasta Oklahoma teatral; ni tampoco el diario, ni los cuadernos en octavo, ni los dibujos (aunque muchos de ellos el propio Kafka destruyó), ni los esbozos, ni las esquelas, ni los consejos de seguridad industrial que el autor de La metamorfosis también escribió, polígrafo incansable, metido en alguna construcción, una muralla china o un castillo, un tribunal, una cárcel, toda una América completa de aventuras vertiginosas, algunas ominosas, pero atravesadas todas por una serena risa que mitigaba, en el fondo, todo el horror. Gracias, al traidor, pues, podemos leer todo Kafka, en el humor y el estupor. Loor al traidor, sí señor. Pero estas especulaciones, de nuevo, no acaban aquí. Queda mucha tela por cortar. Señoras y señores, la función va a continuar. Un nuevo capítulo está por comenzar. Hasta entonces.